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miércoles, 20 de agosto de 2008

Matías Goeritz Recuperado

Toda la arquitectura en México - con la excepción de algunos edificios coloniales y del siglo XIX - corre el riesgo de convertirse en estacionamiento. En lugares como el Paseo de la Reforma en la Ciudad de México, los vemos desaparecer uno a uno. El edificio de Recursos Hidráulicos de Mario Pani y Enrique del Moral fue parcialmente demolido y remodelado. El edificio para la Aseguradora Alianza de Juan Sordo ha sido cubierto de espejo y el edificio Jaysour de Augusto Álvarez ha perdido su integridad como resultado de una serie de intervenciones poco acertadas. Y estos son los que aun existen - muchos otros han abierto paso a la cultura del parking, desapareciendo de la memoria arquitectónica del país.

Afortunadamente, cuando la industria del estacionamiento acechaba el museo de El Eco, la UNAM lo rescató, promovió su restauración - la cual estuvo a cargo del arquitecto Víctor Jiménez - y lo convirtió de nuevo en museo.

Inaugurado en 1953, El Eco es el resultado de una invitación que hizo el filántropo Daniel Mont a Matías Goeritz para hacer lo que quisiera en un terreno en la colonia San Rafael. Goeritz, historiador del arte y escultor, incursionó en la arquitectura con este proyecto, el cual, a medida que se construía, adquirió su función como museo experimental. La intención de Goeritz era que los visitantes de este espacio encontraran artistas trabajando. “Nadie se admirará de que este culto extrovertido,” escribe Max Cetto, “tenía que fracasar antes de haberse celebrado… El edificio, después de haber adquirido fama como prueba de arquitectura emocional en las revistas de arquitectura en Europa y América, fue convertido en un cabaret” (Arquitectura moderna en México. Nueva York: Frederick Praeger, Publishers, 1961, p. 104).

El Eco, independientemente de las funciones que ha servido, es un edificio extraordinario. La pared que da a la calle de Sullivan es negra, y tras ella se yergue una torre amarilla. El acceso esta marcado por una puerta que gira sobre un eje al centro; abierta, propone un flujo hacia el interior a través de un pasillo que se hace más estrecho a medida que se acerca al espacio principal. La duela de madera en el piso, cuyas piezas convergen en un punto al final del pasillo, contribuye a crear una ilusión de distancia.

Otros detalles que se van revelando en el recorrido de los espacios del museo incluyen la puerta que conduce al segundo piso, la cual tiene el ancho del muro, y una escalera de madera pintada con laca negra. También destaca el Poema Plástico de Goeritz, una composición de acero en la superficie de la torre amarilla, la cual se aprecia a través de una ventana en el pasillo de acceso.

Si bien la integridad arquitectónica del museo ha sido restituida, no fue posible recuperar todas las obras de arte que albergaba. La pared más grande del complejo tenía unos bosquejos de Henry Moore que han desaparecido. También se perdió La Serpiente, una escultura de gran escala de Goeritz que aparece en los dibujos preparatorios del edificio y que fue concebida para su patio. Afortunadamente, a cerca de un año de su reinauguración, el museo recibió una réplica de la serpiente. Esta escultura, aun si no fue diseñada para un espacio público, transformó la naturaleza de escultura urbana en el mundo. Artistas como Alexander Calder y Henry Moore comenzaron, poco después de la inauguración de El Eco, a hacer esculturas urbanas de carácter universal, despreocupadas por honrar héroes o celebrar hechos históricos.

Tiene sentido que Goeritz, exiliado de la Alemania nazi, rechazara todo lo oficial y lo nacionalista. Es tal vez por esto que tuvo una relación antagónica con personajes como Diego Rivera y David Alfaro Sequeiros, quienes lo consideraban un impostor, sin el talento ni la preparación que requiere un artista (Clive Bamford Smith. Builders in the Sun. Nueva York: Architectural Book Publishing, 1967, p. 132). Es posible también que las experiencias políticas de Goeritz motivaran su rechazo del racionalismo en la arquitectura. Hacia 1950, los arquitectos que diseñaban edificios públicos y grandes unidades habitacionales financiadas por el gobierno creían y participaban en la definición de las teorías del modernismo racionalista.

Podemos decir entonces que la “arquitectura emocional” de Goeritz, tan comúnmente resumida como una búsqueda estética, es también una arquitectura política. Del mismo modo, al considerar las convicciones de Goeritz, podemos desligar su arquitectura de las pretensiones al vernaculismo que le han sido imputadas. Como la obra de Barragán, síntesis de una serie de ideas sobre el espacio - las cuales desarrolló en sus viajes en el Mediterráneo - y el color - las cuales deben mucho a De Stijl y a la filosofía de Josef Albers - la de Goeritz es mucho más que un reencuentro con “lo mexicano”. Asumir lo contrario implica convertirla en objeto de folletos turísticos y discursos populistas, algo que Goeritz hubiera deplorado.

Quince años después de la inauguración de El Eco, con motivo de las olimpiadas de 1968, Goeritz promovió y coordinó la creación de un corredor escultórico en el Periférico de la ciudad de México, con obras regaladas por los países participantes en el evento. Cada una de estas obras responde, como quisiera su promotor, a una concepción del arte como un ejercicio universal. Recientemente, por iniciativa de la Patronato de la Ruta de la Amistad, institución de la iniciativa privada, las esculturas fueron restauradas, lo cual aviva la esperanza de que continúe el rescate del arte y la arquitectura moderna mexicana.

martes, 29 de julio de 2008

Obras maestras en peligro

En la misma lógica que el post anterior, ahora presento una lista de obras maestras de la arquitectura moderna mexicana en peligro de desaparecer.

1. Mercado de la Merced, de Enrique del Moral. Esta es una de las obras más sobresalientes del modernismo mexicano y también una de las más olvidadas. Ubicada en una zona "peligrosa" del centro de la ciudad de México, al parecer no ha recibido mantenimiento desde su inaguración hace medio siglo. Estas circunstancias son favorables en la medida en la que no ha sufrido alteraciones considerables.

2. Campus del Tec de Monterrey, de Enrique de la Mora. Fue el primer campus universitario de México; es un precedente importante de la Ciudad Universitaria de la UNAM. En años recientes se han construido nuevos edificios en el campus, de terrible calidad. No sería sorprendente que, con la intención de "modernizar" el campus se demolieran edificios de De la Mora o fueran forrados de espejo o paneles de aluminio.

3. Clínicas del ISSSTE, de Enrique y Agustín Landa. El Hospital 20 de Noviembre, centro de la red hospitalaria del ISSSTE desapareció en una remodelación inexperta. Sobreviven, sin embargo, las 48 clínicas y 6 hospitales de zona del Instituto, muchas de ellas en estado aceptable. Estos edificios son notables por ser variaciones de dos modelos, diseñados con economía y funcionalidad en un sistema modular. Dado el precedente del 20 de Noviembre, las estos edificios podrían también ser víctimas de los remodeladores.

4. Super Servicio Lomas, de Vladimir Kaspé. Hace cerca de un año estuvo cerca de desaparecer bajo una torre irreverente de Koolhaas. Desde entonces el edificio está abandonado y probablemente sufiendo cambios graduales de manera que no sea viable su preservación y pueda ser demolido impunemente en unos años.

5. Planta embotelladora de Bacardí, de Félix Candela. Se ha estado diciendo que hay planes para demolerla... Es posible que incluso ésta, la más destacada obra de uno de los más destacados arquitectos del movimiento moderno en México desaparezca sin que haya gran resistencia.

6. Antigua Secretaría de Relaciones Exteriores (Torre Tlatelolco), de Pedro Ramírez Vazquez. Desde que se mudó la secretaría a su nueva sede en la Alameda, los pisos superiores de este edificio en Tlatelolco están abandonados. El edificio es notable por la elegante articulación de sus cuerpos y por su emplazamiento entre los vestigios prehispánicos de Tlatelolco, una iglesia colonial y los edificios habitacionales de Pani.

7. Aeropuerto de Acapulco, de Mario Pani y Enrique del Moral. Hoy funciona como aeropuerto privado. Ha sido modificado considerablemente aunque, de desarrollarse una cultura de preservación de la arquitectura moderna mexicana podría restaurarse a su estado original.

8. Torres de Satélite, de Matias Goeritz y Luis Barragán. Con los planes para construir segundos pisos en el Periférico norte, las torres pueden quedar rodeadas por pasos a desnivel. El valor de las torres se deriva de las vistas que se aprecian de ellas desde los automóviles. Las nuevas obras en el Periférico pueden empequeñecerlas, esconderlas y, en el peor de los casos, conducir a su demolición.

9. Antigua Bolsa Mexicana de Valores, de Enrique de la Mora. El vestíbulo ha sido transformado y la sala de transacciones, techada por un cascaron de Candela está ocupada por oficinas. Corre el riesgo de desaparecer, con lo que se perdería el primer trabajo de colaboración entre de la Mora y Candela, y la primera boveda de doble arista de concreto del mundo.

10. Edificio Niza y Edificio en la calle de Belgrado, de Enrique de la Mora y José Creixel. Estos dos edificios de departamentos del inicio de la década de los treinta, ubicados en las colonias Condesa y Juárez, podrían desaparecer ya que aún no se valora lo suficiente la etapa inicial de la arquitectura moderna mexicana. Ambos edificios son relevantes por tratarse de los primeros casos de aplicación de los principios de la arquitectura internacional en México, en los términos definidos por la exposición de 1929.